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RASCACIELOS, de Abraham Sucedo Cepeda

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Tendían las manos al fuego los últimos pobladores del mundo, y disponían al coloquio asuntos de trascendencia. Que el rascacielos se nos está cayendo, decía uno, hay que salir temprano cuando esté bueno el sol, no vaya a ser que ya no salgamos luego. Y el crujir del acero-piedra otorgaba cierta validez a su discurso. Estas paredes las hicieron con ciencia, le dijeron, han de seguir en pie otro siglo cuando menos, algunas incluso durarán más que eso y al paso del tiempo se convertirán en montañas alargadas. En el futuro vendrán a estudiar este planeta seres de otras galaxias y pasarán las noches inventando historias sobre los pobladores de estas ruinas extrañas, que somos nosotros, los que aquí nos escondemos. Era fácil entregarse a la literatura fantástica, ahora que el invierno era perpetuo. Ya sin prisa, sin la obligación de darle vueltas y revueltas al dinero, los pobladores del mundo podían dedicarse a imaginar sus arquitectos y arqueólogos extraterrestres. Y el ham...

EL PROYECTOR DE LAS IMÁGENES ERA EL SUBCONSCIENTE

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Ronald Alfredo Rodriguez Gonzales   El proyector de las imágenes era el subconsciente, porque el generador de los impulsos se encontraría en la bruma de la creatividad humana. Las gafas tenían todas las formas y modelos posibles, y la moda los atrajo con tanta facilidad que era imposible salir a la calle sin tenerlas puestas, porque todo era proyectado en su intermedio, impulsos, imágenes, reacciones, propaganda, estímulos sexuales. Ingresaba en el auto, un SUV Toyota Sony, un modelo de cuatro años que incorporaba un generador de impulsos con sistema actualizado, era bonito, cuatro puertas. El conductor podía conducir en una amplia dimensión ampliada de la realidad en el centro de su asiento, por donde podía enfocar con sus gafas, el conductor tenía el mapa GPS prendido y simulando rutas sin tráfico y otras advertencias que anteponían los problemas de atasco. Escuchar su música o noticias suspendidas en el aire y hablar con sus seres queridos en video, todo sin obs...

LA DAMA-ÁNGEL

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Gustavo Cruz Chávez runaamazonico@yahoo.com Siempre he sido bastante lento para reaccionar ante lo insólito, quizás esto explique mi flemática actitud, cuando me topé con un ángel; una dama bastante mayor que conocí durante un aburrido viaje por las arideces melancólicas de mi insólito país. En el atardecer, un horizonte de luz casi dorada empañaba los vidrios de las ventanas de l destartalado bus rural en el que viajaba, y sólo cuando el espectáculo del ocaso cesó, percibí su presencia. Sentada a mi lado, se ocupaba de tejer a crochet, un macramé de extraordinarias filigranas, tan intrincadas y bellas que sólo un ángel habría sido capaz de concebirlas. Sin embargo, sólo muchos años después tuve la certeza que ella realmente era un ángel, luego de verificar que todos los eventos que había predicho aquella noche, se fueron cumpliendo inexorablemente. Se había referido por ejemplo a mi genealogía, tema sobre el cual yo no había tenido jamás el más mínimo interés, y ...

"2080", relato de Oscar Barbery

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  Un año antes de su torta y su titilante velita de cumpleaños, el ing. José Belisario Recacochea   conducía su Hammer   2080   a doscientos kilómetros por hora,   por el Séptimo Anillo de Circunvalación,    cuando un vagón del tren colgante de levitación magnética se desprendió del resto de los vagones,     y al zafar del acero y del magnetismo de los polos que lo mantenían pegado   a las rieles, cayó desde dieciséis   metros de altura como un rayo mortal , estrellándose   contra el techo del vehículo.   Del Ing. Recacochea sólo pudo rescatarse su cabeza, milagrosamente sana. El resto del cuerpo   se fundió, con un alto intimismo molecular,   a la chatarra y a los cuerpos destrozados de veinte pasajeros que viajaban en el vagón . La cabeza fue colocada en un cuerpo provisto por la   robótica, de fabricación china, con treinta años de garantía, en cuya escafandra Recacochea pervivió, y desde ...

LOS RELOJEROS, de Dennis Morales Iriarte

         No podía haber nada más musical que el tintineo de las campa­nillas, el vaivén de los pesados péndulos y el chic-chic-chic-a-chic de los engranajes que a paso firme giraban sin parar, empujados por las áncoras de aire marcial que ni por un minuto dejaban de oscilar.          Todos en perfecta armonía, con un perfecto fin. A sabien­das, hechos por un artesano de infinita habilidad, sólo para dar constancia del paso del tiempo raudo e inacabable.          Pero había más, claro, muchas más piezas delicadas, unidas todas en un concierto de cadenciosas síncopas bajo el andante sempiterno de un dios Cronos como director invisible en esta orquesta. Con destreza se llevaba a todos los relojes al único momento en el que el largo brazo de sesenta marchas llegaba a la cúspide, proclamando alegres campanadas o también melancólicas, metálicas o ululantes. Pero tod...