100 años de soledad

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a Europa, una de las lunas de júpiter, a conocer el hielo.

Macondo era entonces un planeta de veinte casas de aluminio de bajo impacto construidas a la orilla de un canal seco con piedras pulidas por un antiguo océano, blancas y enormes como huevos prehistóricos. Este planeta era tan reciente, terraformado recién un par de años atrás, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarías con el dedo. Todos los años, por el mes de marzo, una familia de extraterrestres desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales, que era como su idioma sonaba, daban a conocer los nuevos inventos, más antiguos que las eras para ellos. Primero llevaron el imán. Un extraterrestre corpulento, de barba montaraz, dos cabezas y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de Melquiades, hizo una truculenta demostración pública de lo que él mismo llamaba la octava maravilla de los sabios de su planeta madre, desconocido para los humanos y más allá de Beetelgeuse. Fue de casa en casa arrastrando dos lingotes metálicos, y todo el mundo se espantó al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes se caían de su sitio, y las maderas crujían por la desesperación de los clavos y los tornillos tratando de desenclavarse, y aun los objetos perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se les había buscado, y se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de los fierros mágicos de Melquíades.

«Las cosas, tienen vida propia -pregonaba el extraterrestre con áspero acento-, todo es cuestión de despertarles el ánima.» José Arcadio Buendía, cuya desaforada imaginación iba siempre más lejos que el ingenio de la naturaleza, y aun más allá del milagro y la magia, pensó que era posible servirse de aquella invención inútil para desentrañar un mineral de las entrañas de este planeta, valioso para la Federación, y de acuerdo con él, desconocido en la tierra. Melquíades, que era un ser honrado, le previno: «Para eso no sirve.» Pero José Arcadio Buendía no creía en aquel tiempo en la honradez de los extraterrestres, así que cambió su mulo y una partida de chivos por los dos lingotes imantados. Úrsula Iguarán, su mujer, que sabía que aquellos les habían sido dados para la colonización del planeta, no consiguió disuadirlo. «Muy pronto ha de sobrarnos mineral para mudarnos a vivir a uno de los planetas centrales», replicó su marido. Durante varios meses se empeñó en demostrar el acierto de sus conjeturas. Exploró palmo a palmo la región, inclusive los canales secos, arrastrando los dos lingotes de hierro y recitando en voz alta el conjuro de Melquíades. Lo único que logró desenterrar fue una armadura de una raza antigua con varios brazos, con todas sus partes soldadas por un cascote de óxido, cuyo interior tenía la resonancia hueca de un enorme calabazo lleno de piedras. Cuando José Arcadio Buendía y los cuatro hombres de su expedición lograron desarticular la armadura, encontraron dentro el esqueleto calcificado de un extraterrestre que llevaba colgado en el cuello un relicario de cobre con un rizo de mujer humana.

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