DON QUIJOTE EN EL SIGLO XX, de Oscar Alfaro







¿Quien lo diría? Nuestro afamado escritor, Oscar Alfaro, que hizo historia a mediados del siglo XX en lo que es el desarrollo de la literatura dirigida a los niños y jóvenes, se le ocurrió escribir un cuento sobre Don Quijote y Sancho Panza, donde intrinsecamente, rompe la barrera del tiempo a través de un proceso fantástico, y lleva a los personajes mencionados al siglo XX. Si bien Oscar Alfaro centralizó su obra en la literatura infantil, en el cuento sobre "Don Quijote en el siglo XX" se proyecta más, -podriamos decir-, a los púberes.

Esta obra, según me dijo el hijo de Oscar Alfaro, fue escrito por su padre el año 1963, poco antes de su fallecimiento. El texto fue editado recien el año 1985.






DON QUIJOTE EN EL SIGLO XX



Y hete aquí, que por obra de encanta­miento, don Quijote, seguido de Sancho Panza, fueron lanzados a pleno siglo XX. Cuando la inmortal pareja salió del fondo del tiempo, hacia el año 1963, no supo cómo orientarse en un ambiente tan des­conocido. Sancho se sentía más mareado que el primer astronauta en el espacio y comenzó a dar grandes voces a don Quijote:
—¿Dónde diablos se metió vuestra mer­ced? ¡Pecador de mí, que por culpa de la mal andante caballería, he venido a caer en otro planeta, sin Rucio, sin alforjas, sin amo, sólo y pelado como mi madre me pario...!
—No desesperes, hermano Sancho, que aquí estoy yo -gritó don Quijote hablando desde la terraza de un hotel de turistas. Estaba montado sobre Rocinante y apun­taba al horizonte con su lanza. A su lado rebuznaba el Rucio, asustado de verse en semejante lugar.
—¡Cuerpo de tal, señor don Quijote! y ¿cómo demonios fue a dar al techo de ese castillo? ¿Quién subió hasta esas altu­ras a mi Rucio y a Rocinante? ¿Cómo bajará con ellos, mi amo y señor?
—Confía en mí, Sancho bueno, que todo lo puede la andante caballería. Ya verás cómo salimos con bien de esta atre­vida empresa, en que nos pusieron las malas artes de algún sabio encantador, ce­loso de mi fama.
A todo esto don Quijote oteaba el ho­rizonte y daba vueltas por el filo de la terraza, buscando una bajada.
—Deje de corretear--su merced por los aleros de esa torre, que se me ponen los pelos de punta, que puede venirse aba­jo. ¿No ve que Rocinante siente vértigos y que a mi Rucio le tiemblan las patas?
Sancho esforzaba tanto la voz, que un gran corro de gente se había formado a su alrededor y le miraba las trazas, con gran risa y contentamiento.
De repente pasó un avión casi rozando el hotel. Rocinante dio una sacudida feroz y su amo fue lanzado al vacío. Hubo un grito general. Sancho cayó de posaderas, tapándose los ojos con los dos antebrazos. Luego se escuchó una carcajada. Era que don Quijote había logrado prenderse de las bridas y se columpiaba en el vacío.
—¿Esto es para reír, señores míos? ¿Qué gente descomedida y ruin vive en este reino?
Alguien apareció en la punta del edifi­cio y ayudó a trepar a nuestro andante caballero, con gran consuelo de Rocinan­te. cuyo pescuezo· ya se iba a cortar al sostener en vilo a su jinete.
—Gracias amigo, me salvaste la vida, pero no pudiste evitar que cayera al suelo el yelmo de Mambrino. ¡Eh, Sancho, reco­ge mi yelmo y tenlo que ya bajo!...
El salvador de don Quijote no salía de su asombro. Miraba al caballero, miraba a Rocinante, miraba al asno y su asombro crecía.
—¿Me quiere decir, cómo y por dónde subieron hasta aquí, señor?
—No digas subieron, hermano, que así confundes al caballero, al caballo y al bu­rro. Sólo sé decirte que yo, el famoso hidalgo don Quijote de la Mancha, me ha­llo en esta cima por obra de encantamien­to. Y ahora di me buen hombre, ¿qué mundo es éste? ¿En que reino o país nos hallamos?
—En España, señor mío.
—Mientes como un bellaco. No trates de engañar a un caballero de mi talla, so pena de que te pierda la confianza y de que te alcancen sus iras ...
Ante semejante salida, el mozo del ho­tel, que tal era, lanzó una carcajada. Y don Quijote, furibundo enarboló su lan­za. Aquél se dio cuenta que tenía que habérselas con un extraño loco, dejó de reír y dijo:
—No se enoje, señor caballero, que le dije una verdad más grande que esta casa. Estamos en España y en un lugar de La Mancha. Pregunte usted a toda la gente que halle a su paso y le dirá lo mismo. Yo sólo quiero ayudado a bajar. Pero, ¿cómo van a entrar los animales al ascensor?
—¿Hacen ... qué, amigo? —preguntó don Quijote, ya calmado, aunque caviloso. -Dije ascensor, caballero. ¿No conoce usted un ascensor?
—Yo nada conozco de este mundo, que tú gran embustero, quieres hacerme creer que es mi tierra.
El empleado del hotel tragó mal aque­llo de «gran embustero», blanqueó los ojos a don Quijote y luego empezó a em­pujar al Rucio escaleras abajo.
—Haga usted lo propio con el caballo que el tiempo no me sobra.
Don Quijote cogió las bridas de Roci­nante y comenzó el descenso, ante la sor­presa de la gente del hotel. El caballero saludaba con extraña gravedad a los turis­tas de todos los pisos y pasaba adelante, sin cuidarse de las risas, sonrisas y risota­das que arrancaba su extraña figura, su increíble vestimenta y la categoría de sus acompañantes. Por fin llegaron a la calle.
—Gracias amigo, por este servicio y sa­luda de mi parte al dueño del castillo, que sin duda debe ser persona muy importante -dijo don Quijote y se despidió.
Sancho vio a su Rucio y llegó gimo­teando a prendérsele del pescuezo.
—Compañero de mis penurias, herma­no de mi pueblo, testigo de mis mal an­danzas, ya te daba por perdido y me sentía solo en el mundo...
—Basta, Sancho. Sensible eres y tierno con los animales, pero tu obligación es sa­ludar primero a tu señor. Dame cuenta del yelmo de Mambrino que acabas de recoger.
—Eso haría yo de muy buena gana, señor don Quijote, pero el malhadado yel­mo está hecho una tortilla. Mírelo su mer­ced, en media calle. Vea como lo pisan esos carruajes embrujados que andan sin caballo, esas máquinas infernales, que no dejan de pasar.
Esto vio don Quijote y dijo, lleno de resolución:
— Tenme el estribo, Sancho que vamos a rescatar el yelmo.
Sancho obedeció. El caballero se aco­modó en la montura, reclamó la lanza y se lanzó a feroz combate contra los automó­viles ..
—¡Alto, bestias profanadoras, demonios chatos, piara de jabalíes, o lo que seáis! ¡Deteneos y no oséis pisar más el yelmo de Mambrino, o conmigo sois en fiera y desi­gual batalla!...
Los automóviles frenaron con fuerte chirrido. Don Quijote echó pie a tierra y recogió el yelmo abollado, subió de nuevo sobre Rocinante y ordenó:
—Ahora, demonios, o lo que seáis, daos la vuelta e id a poneros a disposición de la sin par Dulcinea del Toboso. Contadle cómo un solo caballero os venció y que os manda, con el hocico contra la tierra, a poneros a su entera disposición. En mar­cha, chusma vil, que os lo ordena el incomprendido Caballero de la Triste Figura.
Los conductores sacaban la cabeza por las ventanillas, unos reían a carcajadas y otros rabiaban. Alguno, más impaciente que los demás, tocó fuertemente la bocina y arrancó. Rocinante alzó las patas delan­teras y dio por tierra con don Quijote.
El caballero pataleó un buen rato en me­dia calle y al fin se paró, haciendo crujir su armadura. Recogió su lanza y arreme­tió contra el automóvil que se adelantaba.
:—¡Alto, engendro de Satanás!
Pero el automóvil siguió avanzando y don Quijote le dio un lanzazo que le rom­pió el parabrisas.
—Atrás sabandijas. Id camino del To­boso a rendir acatamiento al sol de toda hermosura.
El dueño del automóvil, que resultó ser un prominente personaje del gobierno, salió a pelear con el agresor. Y don Quijote le arrimó tal lanzazo, que lo dejó casi desnucado en el suelo. El escándalo se ge­neralizó y en ese momento intervinieron las autoridades de tránsito.
Agarraron a don Quijote y lo sacaron a las volandas de media calle. Rocinante trotó pacíficamente detrás de su amo.
—iSoltadme villanos, follones, gente vil y plebeya! ¡No oséis poner las manos sobre el inmortal caballero don Quijote de la Mancha! ...
Sancho que vio mal parado a su amo, acudió en su defensa, dando grandes pu­ñadas a los oficiales de tránsito. Don Qui­jote logró sacar su espada y daba feroces cuchilladas a. sus atacantes. Un tenientillo fue arrinconado contra la pared y el enfu­recido caballero le puso la espada sobre la garganta.
—iMuerto sois aquí mismo, si no confe­sáis que la sin par Dulcinea del Toboso es la más hermosa princesa que hay en todo el orbe! ...
Al acorralado se le querían saltar los ojos de miedo, pues se dio cuenta de que estaba a merced de un loco. Pero algunos agentes de policía bajaron de una camio­neta, se le acercaron por detrás y le dieron tan recios golpes con sus varas, en la cabe­za, que lo desplomaron privado de cono­cimiento.
Sancho montó sobre el Rucio y quiso tomar las de Villadiego, escapando a galo­pe tendido por la acera, tumbando a los viandantes y causando el escándalo mayor. Pero en la esquina lo detuvieron, lo desmontaron y se lo llevaron· en vilo. Volcó los ojos congestionados y vio que a su amo y señor lo alzaban, cuan largo era y lo metían, tieso como un palo en uno de los automóviles.
Rocinante, abandonado a su suerte, no sabía qué partido tomar, pero el Rucio, menos resignado, al ver que se llevaban a Sancho comenzó a dar grandes rebuznos y a seguirlo al trote. Pero Sancho Panza también fue encajonado dentro del mismo vehículo. Y sólo quedaron en la acera el Rucio, Rocinante y el asombro de la gente.
—Suelten, malditos encantadores, o tendrán que pagarme el valor de mi Rucio.
Don Quijote despertó del golpe, vio a Sancho y se rascó la cabeza.
—Otra vez nos apalearon los yangüeses, hermano Sancho -quiso sonreír a pesar del dolor, para dar coraje a su escudero.
—Advierta mi señor que no son yangüeses, sino encantadores. Mire cómo nos llevan sujetos a un carro, después de qui­tamos al Rucio y a Rocinante.
En ese momento el automóvil se detu­vo y los dos fueron obligados a bajar. Patrón y escudero fueron acusados de obs­truir el tráfico, de haber agredido violentamente a la autoridad, de dañar varios au­tomóviles y de otros delitos parecidos. —Diga su verdadero nombre -ordenó el comisario, abriendo un libro de registros.
—-Y porqué no he de decir el verdade­ro, follón, descomedido? ¿Es que alguna vez te di uno falso? ¡Has de saber que soy el famoso don Quijote de la Mancha, co­nocido también por el Caballero de la Triste Figura!
—Muestre sus documentos.
—¿Qué documentos, gran mentecato?
Es que osáis dudar de mi palabra?
—Está hablando con el comisario de· policías y guarde más compostura o le hago detener.
—Y vos, guarde el respeto que se debe al más ilustre de los caballeros andantes o conmigo sois en singular batalla -repuso don Quijote poniéndose colorado.
—Deténganlo -ordenó el comisario.
Los agentes se aprestaron a obedecer y don Quijote requirió su espada.
—Atacad, malandrines, que un solo ca­ballero se basta para dar cuenta de todos. -y otra vez lanzaba cuchilladas como un energúmeno.
—No lo pongáis furioso, por Dios, que mi señor es terrible. ¿Quién será capaz de vencer a don Quijote? ¿Es que nunca ha­béis oído hablar de él? ¿En qué país esta­mos que se desconoce a don Quijote de la Mancha? ¿Qué gente sin corazón vive en este reino? ¿Pecador de mí, qué cubil de fieras es éste?
—Detengan también a este rústico, por expresarse mal de la nueva España.
Finalmente don Quijote y Sancho fueron dominados y metidos a una celda común con otros reos. Los habían golpeado tan duro que roncaban a cual mejor. Sus compañeros de celda que eran varios, los miraban llenos de asombro.
—Increíble parecido! ¡Juraría que son don Quijote y Sancha Panza! -decía uno
de ellos, a tiempo que nuestro caballero abría los ojos. -y no jurarías en falso, hermano pues to que habláis con don Quijote en persona -dijo éste, queriéndose incorporar.
—¡Asombroso! Deben ser comediantes, pero qué bien trabajan... -dijo otro de los detenidos.
Don Quijote arrugó el entrecejo y bus­có la espada pero ya no la tenía.
—Comediantes habrán sido tu padre y tu abuelo, no yo, que soy la flor y nata de la andante caballería!
Había tan sincera indignación en sus palabras que el recluso quedó por un rato cortado, alzó la vista, miró a los demás que estaban por reventar de risa y todos estallaron en una carcajada estruendosa. Con esto despertó Sancho Panza, a tiempo para contener a su señor, que ya se lanzaba sobre los reos.
—Basta de pelear, señor don Quijote, que ya mucho nos aporrearon. Téngase en paz y no quiera pasar a mayores con hombres que nos doblan en número y que
además parecen de pacífica condición.
—Así es amigos -contestó uno de los detenidos de mayor edad, con los ojos agrandados de asombro, al comprobar la identidad de Sancho Panza.
—Sólo que no queríamos creer en lo que veían nuestros ojos...
—¿ y qué cosa se resistían a creer sus mercedes? -preguntó el escudero.
—Que ustedes sean don Quijote y San­cho Panza.
—Sancho soy, de los Panzas de mi pue­blo, labrador honrado y cristiano viejo, pero ahora metido en aventuras de la an­dante caballería, por obra de mi señor, don Quijote, que me tiene prometida una ínsula, que debe estar en el aire, porque nunca la puedo alcanzar. '
—En este siglo puedes tener ínsulas en el aire. Estamos en la edad espacial, San­cho amigo, y tu ínsula bien puede ser la luna -rió otro detenido.
—¿Qué gente sois vosotros, que no ha­bláis como reos comunes, sino como gente culta y bien nacida? -preguntó a esta sa­zón don Quijote, deponiendo la furia y ga­nado por la curiosidad-o Asómbrame comprobar que sólo en esta prisión haya gente que nos reconoce, porque afuera na­die se dio por enterado de mi fama.
—Mal pueden los policías haber leído vuestra historia, señor caballero.
—Pero vosotros, ¿quiénes sois? Hablad, amigos, que me tenéis en suspenso.
—Nosotros somos detenidos políticos.
—¿ Y por políticos os tienen aquí cargados de cadenas? ¿Desde cuándo estáis pri­sioneros?
—Algunos llevamos más de 30 años de prisión. Otros, son recién llegados como ustedes.
En ese momento se escucharon afuera los rebuznos del Rucio y un corto relincha de Rocinante. Y una voz preguntó:
. —Son los animales de los detenidos. ¿Los encerramos también?
—No seas bárbaro, que aquí no se en­cierran animales -respondió el comisario.
—Es cierto. Los animales están fuera, gritó un recluso. Y todos festejaron la ocurrencia con una carcajada.
Al poco rato se presentaron varios agentes portando ametralladoras y los pre­sos enmudecieron, creyendo que los ve­nían a castigar. Pero felizmente no era éste el motivo, sino que un oficial abrió la puerta y dijo:
—Los nuevos detenidos quedan en li­bertad.
Don Quijote asomó a la puerta su si­lueta enjuta y dijo firmemente.
—Oíd, hombres desalmados: Me niego a salir si no soltáis a estos caballeros cau­tivos.
—Yo sí saldré de muy buena gana, so­bre todo teniendo a mi Rucio en la puerta -dijo Sancho Panza, corriendo hacia la luz, pero su amo lo aferró por el cuello de la chaqueta.
—¡Quieto ahí, sopenco traidor! De aquí saldremos con los demás o no saldremos y vosotros, cobardes servidores de un mal amo, soltad inmediatamente a los prisio­neros, o conmigo sois de nuevo en mortal combate.
Pero el combate terminó en el acto, porque le dieron un terrible culatazo en la cabeza y el caballero volvió a salir tieso conforme había entrado.
Lo sentarán, dormido aún sobre Roci­nante, allá lo amarraron muy bien para que no cayera y lo pusieron de patitas a la calle. Sancho salió tras él llevando al Ru­cio del cabestro.
—Sáquenlos fuera de la ciudad para que no sigan alborotando con sus locuras -ordenó el comisario.
Y nuestros aventureros fueron escolta­dos por los gendarmes hasta una legua más allá del pueblo y luego soltados.
Don Quijote despertó por tercera vez y dijo:
—¿Qué campo es éste, Sancho amigo?
Paréceme reconocerlo y en verdad que ahora creo estar en la Mancha.
—Mire allá los molinos, señor don Qui­jote… Pero, por vida suya no se le ocurra envestirlos de nuevo.
—Socarrón eres, Sancho y malcriado.
—No se enoje mi amo y señor. Pero ahora que estamos libres, ¿a dónde ire­mos?
—Iremos al Toboso por segunda vez, para ver y admirar a la señora de mis pen­samientos, a la nunca bien ponderada Dulcinea, quien hace tanto tiempo no contemplaban mis ojos.
—Tanto como cuatro siglos, que según cuenta la gente, estamos en el año de 1963.
—Eso es algo que me preocupa Sancho.
Las cosas se presentan tan distintas a lo que eran que, no parece sino que los siglos hubieran pasado sobre ellas.
—¿Y nosotros, señor caballero? Ya de­biéramos ser menos que polvo. Y aquí estamos galopando por el mundo y su­friendo apaleaduras sin cuento.
—Somos inmortales, hermano Sancho.
Ya te dije que la profesión de la andante caballería nos iba a conducir a la inmorta­lidad ..
—¿Pero Rocinante y el Rucio, también son inmortales?
—Es que sobre ellos también obra el mismo encantamiento.
—¿Y qué mago es ese tan poderoso que nos hace vivir por toda la eternidad?
—Es el mago que nos trajo a este mun­do y que nos hace flotar sobre los siglos. Ese mago se llama don Miguel de Cervan­tes. 'Pero, espera amigo, que mucho me equivoco o aquí se me presenta otra singu­lar aventura.
—Guárdese mi señor de buscar aventu­ras, que estamos más molidos que unas albóndigas y «tanto va el cántaro al agua ... ».
—Calla Sancho y mira ese camino que sube a la sierra. ¿Ves esa fila de gente en­cadenada? Cautivos son y vamos a poner­los en libertad ...
—No haga tal, mi señor. ¿Es que le pide el cuerpo más golpes todavía?
Pero don Quijote ya se perdía por esos matorrales, enderezando hacia el lugar de la doliente caravana.
—Pare por amor de Dios, que esa gente siga con lo suyo, que nosotros no somos políticos, que usted no es anarquista ni yo soy republicano.
Pero don Quijote no oía nada ni deja­ba de galopar. Llegó a una vuelta del camino y allá se paró a esperar a los cauti­vos. Sancho le dio alcance azuzando y pa­taleando sobre el Rucio:
—No envista mi señor, que aquí debe de estar el malvado Jinez de Pasamonte, y los cautivos que su merced liberte, nos romperán las costillas a pedradas, tal como lo hicieron en otra oportunidad.
—Apártate Sancho y no me impidas ha­cer justicia. -Levantó la voz y preguntó: —¿Por qué delito encadenáis a esa gen­te? ¿Ladrones o asesinos son? ¿Quién los juzgó y adónde los lleváis?
—Son terroristas republicanos. Y con esto basta. Ahora apartaos -contestó el jefe de los guardianes y ordenó seguir la marcha.
—Puesto que son políticos y no delin­cuentes, aquí mismo los soltaréis hideputa -bramó don Quijote.
Pero sonaron varios disparos y el caba­llero se desplomó al suelo, cubierto de sangre.
—iHan matado a don Quijote de la Mancha! ¡Lo han matado en España! ... gritó Sancho y cayó sobre su amo, derra­mando torrentes de lágrimas.
Se levantó de allá y empezó a tirar pie­dras y terrones contra los soldados. Los
guardianes reían, pero el jefe ordenó:
iAmárrenlo a la fila de los reos! ...
En ese instante don Quijote se movió y dijo, entre borbotones de sangre:
—El bálsamo, Sancho ... pronto ...
El escudero se hizo soltar como pudo y corrió a hurgar las alforjas. Como no en­contró el remedio empezó a jalarse de las barbas.
—¡Se ha perdido el bálsamo! ¡Rateros, devuélvanme el bálsamo del feo Blas!...
-De Fiebras has de decir Sancho, que no del feo Blas ... -musitó don Quijote, revolcándose en el suelo.
—En buena hora se le ocurre a su mer­ced, corregirme el idioma. Aparezca el bálsamo y quédeme yo con todos mis errores.
Pero el bálsamo no apareció. Don Quijote, moribundo, fue atravesado sobre. el caballo. Sancho fue amarrado a la fila de los cautivos y la caravana siguió ade­lante.
Pasó un mes y la inmortal pareja vola­ba en un avión, hacia el destierro. Don Quijote, cubierto de vendajes y atendido por su fiel escudero, se creía víctima del peor encantamiento.
—Volamos Sancho y no sobre Clavile­ño. Mira dónde queda la tierra.
Sancho miró por una ventanilla y el estómago le dio tal vuelco y comenzó a hacer tales gestos, que don Quijote le previno:
—Apártate, hermano Sancho y no quie­ras rociarme la cara, como en épocas pa­sadas.
—Eso no haré yo, mi amo, que feliz­mente se perdió el bálsamo.
—Se ha perdido el bálsamo y mucho más, Sancho bueno. Allá abajo se ha. per­dido la andante caballería, se ha perdido la Mancha, se ha perdido España ...
—Se ha perdido el Rucio y Rocinante
—gimió Sancho.
—Eso no, que también fueron desterrados y se unirán con nosotros en la frontera. Pero no llores hermano, que algún día volveremos, porque un pueblo no puede vivir sin alma ...
El avión cruzó el límite y España se perdió de vista.


Referencia:

Alfaro Oscar (1985). Don Quijote en el siglo XX. La Paz: Edición privada.

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