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UN MICRORRELATO FANTASTICO DE AUGUSTO CESPEDES

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Guillermo Ruiz Plaza Fuente:  http://elfuegoylafabula.blogspot.com/2013/06/un-microrrelato-fantastico-de-augusto.html   Al enterarse de que estaba preparando una Antología del cuento fantástico boliviano –Vértigos, que será publicada en agosto de este año por la editorial El Cuervo–, Pedro Shimose me envió desde Madrid esta joyita. Es un microrrelato fantástico de Augusto Céspedes, que figura en la solapa de Crónicas heroicas de una guerra estúpida (La Paz, Editorial Juventud, 1975). En la solapa… como si el autor no le hubiese otorgado ningún valor. O tal vez como una forma original de contar una historia en pocas líneas sin dar la impresión de hacerlo. Haciendo del paratexto el lugar de un acontecimiento inesperado. Tal vez… aunque lo más probable es que, como lo fantástico en Bolivia siempre ha sido considerado un género menor, Augusto Céspedes pensara que ese breve texto no merecía más que la solapa. En todo caso, agradezco a Pedro Shimose por el generoso envío y compar...

Una vergüenza

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C uando llegó la Muerte, el hombre se puso de todos los colores para finalmente quedarse pálido. No me lleve, no me lleve, por favor, gemía arrodillado a los pies de su cama, llorando o bien tenaz y quedo como un niño, o bien de forma teatral como una plañidera, dando sacudidas de pecho y tosiendo entre las plegarias y el llanto. La Muerte se cuidó de tocar al hombre, haciendo durar –un minuto más, un minuto menos, qué importa si la lista es larga y agotadora, pensó– el placer, insospechadamente poderoso, que le producía aquella inesperada victoria sobre la raza humana. Por supuesto, había conocido cobardes, pero cobardes dóciles, que se quedaban de piedra apenas su funesta sombra se alargaba sobre ellos. También había conocido moribundos teatrales, pero siempre resignados, que soltaban sentencias a último minuto como profunda aceptación de su destino. Así, se quedaba siempre con un regusto amargo, un vacío entre los huesos cada vez más desportillados, una sensación de frío que parecía...

Casi un sueño

L as personas, los muebles y las cosas que me rodeaban fueron desapareciendo hasta dejar aquel cuarto vacío. Pronto fue el turno de las paredes, que se fueron evaporando al tiempo que el suelo, hecho de tercos tablones de madera, increíblemente resistía. La noche, una noche universal, se hizo alrededor. Sobre los tablones se proyectaba una isla de luz, una columna de neón en la cual –fue una decisión instantánea– me metí de cuerpo entero. Me asombró el hecho de que mi cuerpo permaneciera allí, intacto, como si hubiese encajado una pieza de puzzle en la luz. En ese momento vi unas formas flotando en la oscuridad circundante: decían algo, movían manitas gelatinosas, sin atreverse a acercarse demasiado. Parecía una invitación a la noche, pero no me moví de mi sitio: yo también tenía miedo. De pronto, entre ellas, creí reconocer a un pariente querido. En vano traté de zafarme. Atenazado por la luz, impotente, vi alejarse esas formas ágiles mientras crecía un ruido de roldanas. Levanté la v...